viernes, 7 de febrero de 2014

Historia de la Literatura


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Garcilaso no sabía que a Elisa le olía el aliento,
que expelía largos pedos en las altas horas de la noche
y que mostraba un extraño color en la orina,
como de una cierta enfermedad renal.

Fray Luis nunca contó de su huerto
que estaba plagado de orugas venenosas;
y que el uso de la azada producía
en su espalda un lumbago insoportable.

Góngora era un viejo avaro que guardaba
sus exquisitos manuscritos en un cartapacio
de maloliente piel de cordero
-olor que él prefería al de la plebe,
siempre tan ignara y sin latines.

Quevedo corregía su cojera
con un taco de madera en su zapato.
Mostraba un gusto pésimo para las meretrices
-las prefería obesas y rurales-
y, además, nunca pudo sospechar
que él, gran cantor del Tiempo y de Parca,
tendría un mal entierro de tercera.

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