sábado, 3 de junio de 2017

La noria


Si las palabras no tienen sustancia
y son un vacuo sonido, vibraciones
del aire en mis aurículas
-como el ruido de este lápiz al caerse
o el zumbido de un abejorro inoportuno- ,
qué hago yo, pobre idiota,
dando vueltas a esta noria interminable
de los versos tontos y las rimas
que suenan a mala música de feria
-esa que gusta a los abuelos y espanta a las palomas.
Qué hago, digo, escribiendo para nadie,
despistado en este jardín de oídos que me ignoran,
con la incurable alegría del bruto,
Sísifo con zapatos nuevos.

Oración del despistado


Tengo, Señor, tantas cosas que pedirte.
Los niños, la hipoteca, los achaques,
el trabajo; sobre todo, mi colega
Pepe pendiente de no sé qué radiografía.
Tengo, Señor, tantas cosas que pedirte,
que, temiendo mi fatídica memoria,
las anoto en la agenda que utilizo
para la lista de las compras semanales.
Sin embargo, ay, en un trasiego

de camisas o, seguramente,
en algún despiste involuntario,
he perdido la dichosa agenda.
A la espera, algún día, de encontrarla
(lo mismo, el barreño de la ropa usada),
intentó resumir tanto desorden
de petición inoportuna: hágase
tú Voluntad
así en la tierra
como en el cielo.